En la otra punta del sistema educativo, lejos de la infancia y de los pupitres de primaria, los profesores universitarios aragoneses alertan de otro síntoma preocupante.

Cada vez con más frecuencia, reciben correos o visitas de padres que piden explicaciones, protestan por las notas o exigen soluciones a los problemas académicos de sus hijos, aunque estos sean ya mayores de edad.

Los llaman “padres helicóptero”, porque sobrevuelan la vida de sus hijos sin dejarles margen para tropezar ni aprender.

El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más visible. La hiperprotección se ha extendido como una forma de amor mal entendido: el que intenta evitar toda frustración, toda caída, todo error.

Pero en ese intento de proteger, se priva a los hijos de algo esencial: la experiencia de resolver, de equivocarse y de asumir responsabilidades.

Muchos docentes describen con preocupación a universitarios inseguros, desbordados o incapaces de enfrentarse solos a los contratiempos más básicos. No les falta información, les falta autonomía.

Es la otra cara de la misma moneda que preocupa en la escuela: una generación a la que el esfuerzo le resulta incómodo y la frustración intolerable. Si en la infancia perdemos el hábito de pensar por nosotros mismos, en la universidad perdemos la capacidad de actuar solos.

De la desmemoria a la sobreprotección, todo forma parte del mismo círculo vicioso.

Educar no es despejar el camino, sino enseñar a caminar.

Y a veces, dejar de proteger es la mayor forma de cuidado. La madurez empieza cuando se asume el riesgo de equivocarse; la educación termina cuando los padres dejan de hablar por los hijos y los hijos comienzan, al fin, a hablar por sí mismos.

Laureano Garin Lanaspa