Hay días en los que no hace falta leer ningún titular para notar que algo se está moviendo. Basta con mirar al cielo. Un helicóptero dando vueltas una y otra vez sobre el centro de la ciudad no es solo un ruido: es una señal. Una de esas señales que, sin decir nada, despiertan preguntas.
Porque la ciudad no es ingenua. La gente sabe contar vueltas. Sabe distinguir entre un sobrevuelo puntual y una presencia insistente. Y cuando eso ocurre, cuando el cielo del centro se llena de hélices y de rondas repetidas, el olfato ciudadano se activa. No hace falta ser experto en política para intuir que entramos en tiempo de marketing, de escenografía, de mensajes lanzados más para ser vistos que para ser comprendidos.
En los meses previos a unas elecciones, el aire se llena de gestos, de imágenes, de operaciones de impacto. Mucho humo, mucho símbolo, mucha foto. Y a veces, también, mucho ruido. El problema no es solo el ruido físico. El problema es el ruido informativo: cuando cuesta distinguir qué es seguridad, qué es espectáculo y qué es pura estrategia de comunicación.
Mientras tanto, en los barrios —Las Fuentes, Montemolín y tantos otros que viven realidades parecidas— no hay helicópteros sobrevolando. Aquí no se vive la política desde el aire. Se vive desde los portales, desde los centros cívicos, desde las colas, desde los horarios imposibles, desde las familias que hacen encaje de bolillos para llegar a todo. Desde ahí, cada gesto que viene “de arriba” se mira con una mezcla de intuición y cansancio.
Porque saber es querer. Y tener información es tener seguridad, pero también tener criterio. No todo lo que vuela alto responde a necesidades reales. A veces responde a la necesidad de aparentar, de marcar territorio, de ocupar espacio simbólico. Y eso, en tiempos de campaña, se multiplica.
La pregunta no es solo quién vuela, sino para qué. Qué mensaje se quiere lanzar sin decirlo. Qué clima se quiere crear. Y, sobre todo, si ese despliegue tiene algo que ver con los problemas reales de los barrios: la vivienda, los cuidados, la conciliación, la protección de la infancia, los servicios públicos, la vida cotidiana que no sale en las fotos aéreas.
Desde abajo, desde el suelo, la ciudad sigue funcionando. Las familias siguen conciliando como pueden. Las asociaciones siguen sosteniendo. Los barrios siguen esperando respuestas concretas. Y mientras tanto, arriba, en el centro, el cielo se llena de señales que parecen decir: “algo empieza”.
Ojalá la ciudadanía no se quede solo con el ruido del centro. Ojalá mire más allá del helicóptero, más allá del espectáculo, y se pregunte quién vende humo y quién ofrece soluciones reales. Porque al final, no se vota desde el aire. Se vota desde el suelo, desde la experiencia diaria, desde lo que de verdad pesa en la vida de cada barrio.
ASOCIACIÓN CIVITAS VECINOS LAS FUENTES

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