El 28 de febrero de 2026 marca, en el escenario analizado, la ruptura del equilibrio que durante más de cuatro décadas contuvo la confrontación directa entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo que durante años fue una guerra indirecta —hecha de sanciones, sabotajes, ciberataques, bombardeos selectivos en terceros territorios y amenazas cruzadas— cruzó ese día un umbral cualitativamente distinto: el del enfrentamiento militar abierto entre Estados.

Nada de lo ocurrido puede entenderse como un hecho aislado. La raíz estructural del conflicto se remonta a 1979, cuando la Revolución Islámica transformó a Irán en un actor ideológicamente enfrentado a Washington y abiertamente hostil a la existencia del Estado de Israel. Desde entonces, la rivalidad no ha sido episódica sino permanente, adaptándose a los cambios del sistema internacional y a las reconfiguraciones regionales.

En las décadas siguientes, Irán consolidó una red de influencia indirecta en Líbano, Irak, Siria y Yemen. Israel interpretó esa expansión como una estrategia de cerco progresivo. Estados Unidos la percibió como un desafío al orden regional construido tras la Guerra Fría. El programa nuclear iraní se convirtió en la línea roja estratégica, el punto donde la disuasión podía transformarse en acción directa.

El 28 de febrero, Israel inició ataques aéreos contra objetivos estratégicos iraníes, presentados como acción preventiva ante lo que se calificó de amenaza inminente. La operación alteró de inmediato el equilibrio existente. Teherán denunció violación de soberanía y anunció respuesta. Horas después, el escenario evolucionó hacia una ofensiva de mayor alcance con respaldo operativo estadounidense.

Se registraron impactos en múltiples enclaves estratégicos iraníes, cierres de espacios aéreos y activación de sistemas de defensa en varios puntos de la región. La respuesta iraní incluyó lanzamiento de misiles y drones contra territorio israelí y contra posiciones estadounidenses en el Golfo Pérsico. La dinámica dejó de ser asimétrica para convertirse en intercambio directo entre Estados con capacidad militar avanzada.

La jornada del sábado estuvo marcada por la aceleración del ciclo acción–reacción. Las declaraciones públicas de los líderes implicados endurecieron el marco político del conflicto, reduciendo el margen inmediato para la contención diplomática. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fue convocado de urgencia mientras distintas capitales pedían moderación.

Pero la crisis no quedó circunscrita al plano militar. Las aerolíneas suspendieron vuelos en amplias zonas del espacio aéreo regional. El mercado energético reaccionó ante el riesgo sobre el estrecho de Ormuz, corredor estratégico por el que transita una parte sustancial del comercio mundial de crudo. El conflicto empezaba a tener impacto sistémico.

Durante la madrugada del 1 de marzo, el escenario se agravó con la confirmación iraní de la muerte de altas autoridades estatales como consecuencia de los ataques. Se declaró luto nacional y se anunciaron represalias ampliadas. Nuevos lanzamientos de misiles y drones intensificaron la confrontación, mientras sistemas antiaéreos se activaban en distintos puntos del Golfo y del territorio israelí.

A las 09:00 Horas de hoy 1 de marzo, el conflicto se encontraba en fase activa, sin señales claras de desescalada inmediata. La posibilidad de regionalización —con implicación de actores indirectos— emergía como una variable crítica. La ruptura del equilibrio de disuasión indirecta había dado paso a una nueva etapa de incertidumbre estratégica.

En menos de veinticuatro horas, Oriente Medio pasó de la tensión contenida a la confrontación abierta. El umbral que durante décadas se evitó cruzar fue finalmente traspasado.

Este es el primer capítulo de una crisis cuya evolución definirá no solo el equilibrio regional, sino la estabilidad del sistema internacional en su conjunto.

Asociación CIVITAS Vecinos Las Fuentes