DESDE MI VENTANA

Ayer, en el Auditorio de Zaragoza, asistí a un espectáculo que fue mucho más que un concierto: Symphonic Rhapsody of Queen. Y no lo fue solo por la calidad musical, que fue sobresaliente, sino por la sensación compartida de estar viviendo algo colectivo, algo que iba más allá de la nostalgia.

Sobre el escenario, una formación cuidada y potente: orquesta sinfónica, músicos de banda, tres voces solistas, dos coros femeninos y una dirección musical que supo unir todos esos elementos sin que ninguno perdiera identidad. No era fácil. Y sin embargo, funcionó. Funcionó muy bien.

El homenaje no se planteó como una imitación, ni como un ejercicio de copia. Fue un tributo honesto y bien llevado a Queen, y muy especialmente al espíritu irrepetible de Freddie Mercury. No desde la caricatura, sino desde el respeto. Desde la música.

Lo sinfónico no domesticó al rock, ni el rock eclipsó a la orquesta. Se encontraron en un punto intermedio donde las canciones adquirían una nueva dimensión, más amplia, más emocional, más coral. Allí estaban Bohemian Rhapsody, Somebody to Love, We Are the Champions… no como recuerdos congelados, sino como piezas vivas, compartidas por varias generaciones en la sala.

Y quizá eso fue lo más hermoso del espectáculo: mirar alrededor y ver a tanta gente distinta —edades, trayectorias, recuerdos— unida por una música que sigue diciendo cosas. Canciones que no solo se escuchan, sino que se reconocen. Que forman parte de la memoria personal y también de la memoria colectiva.

En tiempos de fragmentación y ruido, vivir un momento así recuerda algo sencillo pero importante: la cultura, cuando está bien hecha, no separa; reúne. No impone; acompaña. Y cuando la música logra eso, deja de ser solo espectáculo para convertirse en experiencia compartida.

Salí del auditorio con esa sensación tranquila que dejan las cosas bien hechas. Y con la certeza de que hay homenajes que no miran solo al pasado, sino que siguen construyendo presente.

Laureano Garin Lanaspa. NANO