Por Jesús Jiménez – 1 noviembre 2025
¿En el aula, en el centro, en el sistema educativo, en la sociedad?
Porque en todos esos escenarios vive cada profesor y profesora, con la misión de educar para el presente y para el futuro.
Vaya por delante mi reconocimiento a los informes internacionales sobre educación, aunque conviene recordar que muchos de ellos, en mayor o menor medida, esconden una trastienda ideológica —y, en algunos casos, económica— que condiciona su lectura.
Son útiles para comparar sistemas educativos, pero es preciso mirarlos con lupa y no quedarse en los titulares interesados.
Dicho esto, confieso mi desconcierto con el último informe TALIS 2024 (Estudio Internacional de la Enseñanza y el Aprendizaje) de la OCDE, recién publicado.
Ese desconcierto lo compartimos —así me lo han transmitido— un grupo de profesoras y profesores de aula, además de algunos responsables de equipos directivos, con quienes analizamos durante horas los datos y su impacto en el presente y el futuro de la profesión docente.
De aquella conversación surgieron muchas reflexiones, pero dos conclusiones destacaron sobre todas las demás.
1. La formación docente: una deuda pendiente
Como bien resumió una profesora que ha impartido clases tanto en Primaria como en Secundaria, “hay que darle una vuelta a la formación inicial del profesorado”.
Según TALIS, solo el 57% del profesorado de Secundaria y el 62% de Primaria considera adecuada su formación inicial, muy por debajo de las medias de la OCDE (77%) y de la Unión Europea (71%).
Cuando se conversa con quienes acaban de terminar sus estudios, se percibe un consenso claro: ni el Grado en Magisterio ni el Máster de Profesorado han cumplido las expectativas que generó la incorporación al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES).
La mayoría de quienes los cursaron los califican como “insuficientes” —siendo generosos— y subrayan que no preparan, ni de lejos, para el ejercicio real de la profesión docente.
Las Facultades de Educación y las universidades españolas deberían revisar en profundidad el diseño de sus planes de estudio.
¿Se pensaron para responder a las necesidades del futuro profesorado o para equilibrar la carga docente entre departamentos universitarios?
¿Tiene sentido que un futuro maestro de Pedagogía Terapéutica o de Audición y Lenguaje reciba más horas de Ciencias Naturales que de Psicología o Pedagogía?
¿Y qué sucede con el periodo de prácticas?
Las preguntas se multiplican, pero las respuestas siguen pendientes.
2. Las condiciones laborales: satisfacción aparente, malestar real
Según TALIS, el 97% del profesorado de Primaria y el 95% de Secundaria se declara satisfecho con su situación laboral.
Pero esos porcentajes no reflejan la percepción de una gran parte del profesorado en activo ni la realidad que viven muchos centros educativos.
La satisfacción o insatisfacción es un concepto escurridizo: depende de las expectativas personales y colectivas, y de cómo se valoran los esfuerzos frente al reconocimiento recibido.
¿Ha mejorado o se ha cronificado el llamado malestar docente que autores como Esteve ya denunciaron en 1995?
El informe TALIS señala que una tercera parte del profesorado español padece estrés laboral, derivado del exceso de tareas, la tensión en las aulas —marcadas por la diversidad, los conflictos o la falta de recursos— y la burocracia creciente.
No sorprende, por tanto, el auge de estudios y cursos sobre bienestar emocional y salud mental del profesorado. Los datos sobre ansiedad y bajas laborales lo confirman.
Es cierto que las condiciones laborales varían entre comunidades autónomas, pero los problemas estructurales se repiten: falta de personal, temporalidad, desmotivación.
Si la docencia fuera una profesión atractiva, no habría tantas dificultades para cubrir plazas interinas, especialmente en FP.
Si los docentes estuvieran realmente satisfechos, no habría una participación tan alta en los concursos de traslado, que provocan inestabilidad y debilitan los proyectos educativos, sobre todo en el medio rural.
3. La vocación y el compromiso social: el corazón del oficio
El informe TALIS, con sus más de cuatrocientas páginas, apenas roza un aspecto que muchos consideramos la piedra angular del oficio docente: la vocación, o mejor dicho, el compromiso social.
Eso —decíamos en aquella reunión— es lo más importante.
Un buen profesor o profesora no se mide solo por sus conocimientos técnicos, sino por su capacidad para reflexionar, investigar, trabajar en equipo, diseñar entornos de aprendizaje creativos y evaluar su propia práctica.
Pero, más allá de los manuales pedagógicos, hay una verdad incuestionable: “nunca se llega a ser un buen profesor si uno no se lo cree”.
La docencia es un oficio que se aprende y mejora con la práctica, pero también es una forma de compromiso permanente con el alumnado, las familias y el entorno social.
Como recordaba recientemente un editorial de prensa: “los profesores representan un anclaje de conocimientos y valores para unos niños y adolescentes expuestos como nunca a la incertidumbre”.
Una buena parte del profesorado español es plenamente consciente de esa misión: utilizar su experiencia para educar hoy a las generaciones del mañana, en escenarios cada vez más complejos.
Lo que necesitan no es solo reconocimiento moral, sino apoyo real: del resto de la comunidad educativa, de las administraciones públicas y de la sociedad.
Porque educar hoy, más que nunca, es un acto de compromiso, coraje y esperanza.
CIVITAS / FACU

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