3 febrero 2026
Mientras la comisión de control del Congreso de los Diputados sigue aportando datos, mensajes y responsabilidades contrastadas sobre la gestión de la DANA, asistimos a un ejercicio político que cuesta entender desde cualquier lógica democrática. Declaraciones que cambian, versiones que se ajustan sobre la marcha y una sensación creciente de que, cuando la realidad incomoda, se opta por negar lo evidente.
Resulta difícil asumir que, con la información ya conocida y con los hechos prácticamente verificados, se mantenga que no se mintió, que no se rompe con determinadas responsabilidades políticas y que, además, se afirme que alguien ha sido “el único” en asumirlas. Todo ello mientras se desplazan culpas, se apunta al Gobierno central y se evita una autocrítica clara y honesta.
Más preocupante aún es que, en este contexto, se recurra al comodín más gastado y dañino de nuestra historia reciente: citar a ETA o a Aita para desviar el foco, embarrar el debate o deslegitimar al adversario. Que, en pleno análisis de una tragedia con víctimas reales, se utilice de nuevo ese recurso retórico dice mucho del nivel al que se ha decidido jugar.
La ciudadanía asiste atónita a este cruce de declaraciones contradictorias mientras lo que debería ocupar el centro del debate es sencillo y esencial: verdad, responsabilidades claras y respeto institucional. No se trata de ganar un relato, sino de responder ante una tragedia y ante la sociedad.
La democracia se debilita cuando se normaliza el cambio constante de versión, cuando se evita asumir errores y cuando se recurre al ruido para tapar los hechos. Y se fortalece, precisamente, cuando se actúa con transparencia, coherencia y respeto a la inteligencia de la gente.
Increíble, pero cierto: lo que debería unir para dar respuestas está sirviendo, una vez más, para dividir y confundir. Y la ciudadanía, que no es ajena ni ingenua, toma nota.
Asociación CIVITAS LAS FUENTES

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