Aragón afronta una emergencia silenciosa que amenaza los pilares del Estado social: la falta de médicos y docentes está poniendo en jaque al sistema público. Las cifras son elocuentes: 152 facultativos contratados sin el MIR y 25 profesores sin el Máster de docencia. Lo que antes habría parecido impensable se ha convertido en recurso de urgencia.

No es un problema puntual. Es la consecuencia de años de desinversión, de precariedad y de políticas que han debilitado la vocación pública. Hoy se cubren huecos, no se planifica el futuro.

En hospitales y colegios se apagan las luces del relevo generacional, y el talento joven emigra o se cansa antes de empezar. La falta de personal no solo pone en riesgo la atención y la calidad, sino también la confianza en un sistema que fue el orgullo de un país.

La sanidad y la educación públicas no se improvisan: se cuidan, se dotan y se defienden.

Cada médico que falta es una sala de espera más larga. Cada maestro que falta es una oportunidad menos para un niño.

Aragón debe decidir si quiere seguir tapando agujeros o reconstruir con dignidad lo que da sentido a lo común. Porque sin salud ni educación pública, no hay igualdad posible.

Y lo que se está desmoronando no es solo un servicio: es la idea misma de comunidad.

Laureano Garin Lanaspa