La jornada de hoy ha sido intensa, convulsa y reveladora. Demasiadas declaraciones, demasiados giros de guion y demasiadas versiones cambiantes como para no detenerse a pensar qué se ha pretendido, quién lo ha provocado y con qué objetivo.

Porque confundir no es decidir.

Y generar confusión tampoco es gobernar ni hacer oposición responsable.

A lo largo de la mañana se han sucedido hechos de enorme calado: la comparecencia política en el Congreso, el cruce constante de acusaciones en torno a la DANA, la utilización interesada del miedo —inmigración, trasvases, bulos—, la reactivación de causas judiciales, las manifestaciones por la sanidad pública, la aprobación de decretos clave sobre pensiones y escudo social, y comportamientos públicos que nada tienen que ver con el respeto institucional que exige la democracia.

En medio de todo ello, una constante: el cambio permanente de relato, el decir hoy una cosa y mañana la contraria, el señalar responsabilidades ajenas mientras se esquivan las propias. Cuando los hechos se verifican y el discurso no se sostiene, la confusión aparece como estrategia. Pero esa estrategia tiene un coste: debilita la confianza ciudadana.

La ciudadanía no necesita ruido ni maniobras tácticas.

Necesita claridad, responsabilidad y verdad.

Las elecciones no son un juego de espejos ni una batalla de titulares. Son un momento decisivo en el que cada cual debe saber qué defiende, cómo lo defiende y para qué. Porque votar no es dejarse llevar por la confusión: votar es una decisión consciente, basada en hechos, trayectorias y compromisos reales.

Y frente a todo ello, conviene recordar algo muy simple que alguien recomendó con acierto: rectitud y ética.

Dos palabras claras, exigentes y necesarias.

Dos valores que hoy, a la vista de los hechos, han brillado por su ausencia, como se ha demostrado a lo largo de toda la mañana.

Sin rectitud no hay credibilidad.

Sin ética no hay democracia que resista.

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