En Zaragoza se habla de rehabilitación como si fuera una política moderna, casi de vanguardia. Pero en barrios como Las Fuentes y Montemolín la rehabilitación no es una moda: es supervivencia urbana. Aquí el parque de vivienda envejece, los edificios acumulan décadas, y cada año que pasa sin intervención real no es “tiempo”, es degradación: humedades, cubiertas agotadas, accesibilidad imposible, facturas energéticas que castigan a quien menos tiene y una sensación de abandono que se pega a las fachadas como el hollín.
Y lo peor es que no estamos descubriendo nada. Desde hace años se conocen los conjuntos que requieren una estrategia específica —los llamados grupos sindicales, entre ellos Andrea Casamayor— y el propio Ayuntamiento impulsó acuerdos para redactar instrumentos urbanísticos que facilitaran su reforma, con convenio incluido con el Colegio de Arquitectos. También se han estudiado y trabajado ámbitos concretos en Las Fuentes (como Santa Rosa) dentro de propuestas de rehabilitación urbana y regeneración que llevan tiempo sobre la mesa. Es decir: diagnóstico ha habido. Lo que falta, una y otra vez, es que el diagnóstico se convierta en obra, y la obra en derecho garantizado.
Porque la pregunta ya no es si rehabilitar, sino para quién. Si la rehabilitación va a ser otra vez un escaparate concentrado en los sitios de siempre, o si va a entrar de una vez donde más duele: en los barrios donde las viviendas han pasado de ser hogares a convertirse en “problemas”, y donde la pobreza energética y la falta de ascensor no son estadísticas, sino rutina.
Por eso hoy la llamada es simple y directa: rehabilitación para todos. No como eslogan, sino como decisión política. Y aquí sí, con nombres y apellidos: si el consejero de Urbanismo Víctor Serrano no se da por aludido, y si la alcaldesa tampoco, que al menos quede claro que el barrio sí se da cuenta. Se da cuenta cuando se anuncian planes y no llegan. Se da cuenta cuando se firma, se presenta, se fotografía… y luego se congela. Se da cuenta cuando se pide paciencia a familias que llevan décadas subiendo escaleras con carros, con niños, con dependencia, con edad.
Rehabilitar Las Fuentes y Montemolín no es un capricho urbanístico: es equidad, es salud, es dignidad y es futuro. Y si alguien duda, que mire lo evidente: un barrio sin rehabilitación no solo pierde valor inmobiliario. Pierde vecindad, pierde estabilidad, pierde oportunidades. Y eso, en una ciudad que presume de modernidad, debería dar más vergüenza que cualquier titular.

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