Ninguna con dinero, pero todas llenas de algo que no se compra: la ilusión de salir por fin del barrio, del ruido, del cansancio y de la rutina que se repite como un eco en los hogares más golpeados por la vida.

Eran chavales del distrito 6 de Zaragoza – Las Fuentes-, jóvenes de familias sin recursos, en vulnerabilidad o incluso en exclusión.

Veinte historias distintas unidas por un mismo hilo: la necesidad de respirar, de sentirse parte de algo bonito, de descubrir que el mundo también puede ser amable.

Subieron a la montaña con los monitores y educadores de Cívitas y FACU, que acompañaron cada paso con respeto, paciencia y cariño.

Y al llegar, la magia empezó sin hacer ruido: el aire limpio, el olor del pinar, el frío en las manos, las risas que rebotaban entre los árboles.

No eran unas simples convivencias de Halloween: eran días de libertad, de esos que marcan la diferencia entre sobrevivir y vivir.

Por la noche, alrededor del fuego, los chavales hablaron de lo que nunca dicen en el barrio: de sus miedos, de la falta de futuro, de lo que duele callar.

Y también rieron, bailaron, gritaron su nombre mirando al cielo.

Algunos dijeron que era la primera vez que veían tantas estrellas.

Otros, que nunca habían dormido fuera de su casa.

Y todos, que no querían que terminara tan pronto.

Allí, en mitad de las montañas del Pirineo, ocurrió algo sencillo pero enorme: la vida volvió a ser posible.

Los educadores lo saben bien: no hay aprendizaje más profundo que el que nace del juego, del respeto y de la convivencia.

No hay aula que enseñe mejor que un bosque, ni pantalla que reemplace la mirada limpia de un niño que se siente libre.

Cuando regresaron a Zaragoza, las mochilas traían menos ropa limpia, pero más esperanza.

Volvían con dibujos, risas y abrazos pendientes.

Volvían distintos: con la certeza de que el mundo es más grande que su barrio y que, cuando alguien confía en ellos, pueden llegar muy lejos.

No hay programa más transformador que aquel que devuelve a un chaval su sonrisa.

No hay mejor inversión pública que un viaje que siembra autoestima y futuro.

Y no hay mejor noticia que saber que, por unos días, la exclusión perdió la partida.

Esos veinte chavales no fueron a un campamento: fueron a reconciliarse con la vida.

Y en cada una de esas mochilas que subió a la montaña viajó un pedazo del país que todavía cree que la justicia social también se aprende jugando.

Por Laureano Garín Lanaspa