Hoy, caminando por Zaragoza, uno de esos mupis publicitarios que forman parte del paisaje urbano dejó de ser paisaje. Entre anuncios de festivales, promociones y sonrisas perfectas, apareció un mensaje seco, duro, sin adornos:

“Zaragoza: 120 muertos.”

No era un cartel político, ni una campaña comercial encubierta. Era una verdad. Una verdad incómoda. El dato corresponde a los suicidios registrados. Ciento veinte vidas perdidas. Ciento veinte silencios. Ciento veinte historias que no llegaron a tiempo.

Lo más inquietante no es el número.

Lo más inquietante es nuestra capacidad para seguir caminando, para mirar hacia otro lado, para fingir que la ciudad solo es lo que sale en los folletos turísticos. Zaragoza, como tantas ciudades, ha aprendido a esconder lo feo para que no estropee la postal.

Pero esta vez la postal se ha roto.

Y hay que agradecerlo.

Porque no se puede combatir lo que no se nombra, y Zaragoza lleva años escondiendo esta herida social, que cada día es más profunda entre jóvenes, adolescentes y personas que viven solas, sin redes, sin apoyo, sin voz.

En una ciudad que presume de cultura, de eventos y de futuro, hay demasiada gente que siente que no encuentra su sitio.

Demasiados jóvenes que no ven un horizonte.

Demasiadas familias que no saben cómo pedir ayuda.

Demasiadas vidas que se apagan sin que nadie lo perciba.

El suicidio no es un tema bonito.

No llena auditorios, ni inaugura exposiciones, ni se convierte en noticia amable.

Pero es, probablemente, el termómetro social más crudo de una ciudad:

cuando alguien decide irse, es porque ya llevaba mucho tiempo pidiendo auxilio sin que nadie supiera escucharlo.

Zaragoza tiene una obligación: romper el silencio.

Y todos, como ciudadanos, también la tenemos.

La ciudad necesita más psicólogos en Atención Primaria, más atención comunitaria, más prevención en escuelas e institutos, más espacios seguros donde poder hablar sin miedo, sin vergüenza y sin soledad. Necesita políticas reales, no declaraciones efímeras cada vez que aparece un dato escalofriante.

Pero también necesita algo más elemental y más humano:

mirar de frente.

Aceptar que la fealdad existe.

Entender que la vulnerabilidad es parte de la vida.

Y que nadie debería sentirse una carga, ni un problema, ni un ruido que conviene callar.

Hoy, ese mupi no mostraba una cifra.

Mostraba un grito.

Y si una ciudad ignora un grito así, se pierde a sí misma.

Hoy, caminando por Zaragoza, he visto un cartel que casi todos pasan sin mirar.

Un panel luminoso, en mitad de la calle, que decía: “120 muertos”.

Y nada más.

No hablaba de accidentes.

No hablaba de violencia.

No hablaba de terrorismo.

Era otra cosa, más silenciosa, más cruel, más cercana:

el suicidio.

Mi amigo Miguel —al que hoy nombro con orgullo y con dolor— me lo dijo hace tiempo:

“Esto no es un caso aislado. Está pasando en muchas ciudades y está pasando cada vez más entre los jóvenes.”

Y tiene razón. Lo que vemos en Zaragoza no es una excepción: es un síntoma.

Un síntoma de un país que cuida tarde, escucha poco y calla demasiado.

A todos nos ha tocado un caso cerca. A veces en la familia, a veces en el barrio, a veces en el círculo de amigos.

Y cada una de esas muertes es una ausencia que no se supera nunca.

El suicidio destroza lo que toca y deja siempre la misma pregunta en el aire:

“¿Qué podríamos haber hecho?”

Y la respuesta, aunque duela, es esta:

Podríamos haber hablado más.

Podríamos haber escuchado mejor.

Podríamos haber tenido una política valiente, humana, seria.

Podríamos haber tenido una sociedad que no escondiera la tristeza como si fuera vergonzosa.

Porque lo que está pasando no es inevitable.

Es consecuencia de abandono, de soledades profundas, de falta de recursos, de vidas que se rompen sin que nadie lo note.

Y eso sí se puede cambiar.

A estas alturas, hermano, lo sé con certeza:

no hay promesas bonitas que valgan.

Hace falta realismo.

Hace falta compromiso.

Hace falta un país que entienda que cada vida importa.

Una ciudad que no permita que sus jóvenes se apaguen en silencio.

El futuro no está escrito, pero sí está claro:

O lo afrontamos con verdad o lo seguiremos pagando con vidas.

Y yo, como Miguel, estoy en la misma trinchera:

en la de no rendirse nunca ante esta lacra.

Laureano Garin Lanaspa