MAREAS CUADERNO PEDAGÓGICO

Las movilizaciones docentes que estamos viendo en distintas comunidades autónomas reflejan una realidad que muchas familias, alumnos y profesionales educativos llevan tiempo percibiendo dentro de las aulas: el sistema educativo público empieza a mostrar signos evidentes de desgaste humano, social y estructural.

Más allá de debates sindicales o reivindicaciones salariales, el problema de fondo parece mucho más profundo. En muchos centros educativos, especialmente en barrios trabajadores y socialmente complejos, el profesorado ya no solo enseña materias. También afronta diariamente situaciones relacionadas con:

dificultades emocionales,

problemas de convivencia,

sobrecarga familiar,

fragilidad social,

diversidad creciente en las aulas,

carencias educativas acumuladas,

y una necesidad cada vez mayor de apoyo personal y psicológico del alumnado.

Muchos docentes sienten que dedican más tiempo a sostener situaciones humanas y sociales que a la propia tarea educativa para la que fueron formados. Y eso genera cansancio, frustración y una preocupante sensación de abandono institucional.

La realidad cotidiana demuestra que numerosos centros públicos se están convirtiendo, además de en espacios educativos, en auténticos lugares de contención social y emocional. Especialmente en determinados barrios, donde la escuela pública continúa siendo uno de los pocos espacios capaces de sostener convivencia, igualdad y cohesión social.

Especialmente preocupante resulta la situación del primer ciclo de infantil. Se habla constantemente de la importancia de la etapa de cero a tres años para el desarrollo emocional, educativo y social de los niños, pero la realidad laboral y estructural de muchos centros sigue estando muy lejos del reconocimiento y los recursos que necesitaría una etapa tan decisiva.

También preocupa la creciente desigualdad entre territorios y entre redes educativas. Mientras algunas administraciones continúan potenciando conciertos y modelos privados, muchos centros públicos afrontan:

falta de recursos,

exceso de burocracia,

ratios elevadas,

necesidades crecientes de atención a la diversidad,

y una importante sobrecarga profesional.

Y todo ello ocurre precisamente cuando más necesario sería reforzar la escuela pública como herramienta de:

igualdad,

convivencia,

cohesión social,

integración,

y construcción de ciudadanía.

La educación pública no puede sostenerse únicamente sobre la buena voluntad, la vocación y el esfuerzo personal de quienes trabajan cada día en las aulas. Necesita:

inversión real,

estabilidad,

reducción de ratios,

más recursos humanos,

reconocimiento profesional,

apoyo emocional y educativo,

y políticas públicas conectadas con la realidad cotidiana de los centros.

Porque detrás de cada aula no solo hay contenidos académicos.

Hay personas.

Hay familias.

Hay convivencia.

Y, sobre todo, hay futuro.

Fuente: Jesús Jiménez Sánchez