En el contexto descrito, resulta imprescindible incorporar una mirada que trascienda el análisis técnico y permita expresar la dimensión humana, social y ética de lo que está ocurriendo. La siguiente tribuna de opinión se integra en este documento como una pieza que recoge esa voz necesaria, aportando reflexión, posicionamiento y conciencia cívica.

Dignidad o colapso: cuando la administración olvida que trabaja con personas

En los últimos días, Zaragoza ha sido escenario de una imagen que debería interpelarnos como sociedad: largas filas de personas esperando durante horas para poder acceder a un trámite administrativo que condiciona de forma directa su vida.

No estamos ante una situación menor. Estamos ante el inicio de un proceso de regularización que afecta a personas que ya forman parte de nuestra realidad cotidiana: trabajan, viven, consumen, cuidan y participan, muchas veces desde la invisibilidad, en el funcionamiento de la ciudad.

Sin embargo, la respuesta inicial ha evidenciado una falta de previsión que no puede explicarse únicamente por el volumen de la demanda. En un contexto en el que los procedimientos administrativos han avanzado hacia modelos más accesibles, la imagen de concentración masiva de personas en un único punto refleja una carencia de planificación que termina trasladando el problema a quienes menos margen tienen para soportarlo.

Pero el problema no es solo organizativo.

El problema es cómo se trata a las personas.

Porque detrás de cada espera hay una historia, una necesidad, una expectativa. Y cuando el acceso a un derecho se convierte en una prueba de resistencia, lo que se pone en cuestión no es solo la eficacia del sistema, sino su capacidad para actuar con respeto.

Como señalaba recientemente David López en su reflexión sobre esta situación, el debate no puede limitarse a la gestión de las colas. Es una cuestión de dignidad. Las personas no pueden ser tratadas como si su tiempo, su situación o su realidad carecieran de valor.

Este contexto obliga a ampliar la mirada.

España, y también Aragón, afrontan un escenario demográfico complejo, marcado por el envejecimiento de la población y por una tasa de natalidad que no garantiza el relevo generacional. Al mismo tiempo, existen sectores económicos que requieren mano de obra para sostener su actividad.

Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿cómo se articula un modelo económico que necesita personas si no se facilita la integración ordenada y digna de quienes ya están aquí?

La contradicción es evidente.

Por un lado, se reconoce la necesidad de actividad económica y de crecimiento. Por otro, se dificultan procesos que permitirían estabilizar la situación de quienes pueden contribuir a ese mismo sistema.

Esta tensión no es teórica. Se vive en los barrios.

En espacios como Las Fuentes, donde conviven realidades diversas, donde la vulnerabilidad no distingue entre origen y donde las familias, independientemente de su procedencia, comparten dificultades cotidianas, este tipo de situaciones tiene un impacto directo.

Porque cuando la gestión no responde, el malestar se desplaza.

Y cuando el malestar se desplaza, aparecen interpretaciones simplificadas, tensiones innecesarias y discursos que no ayudan a construir convivencia.

Por eso, el problema no puede abordarse desde posiciones enfrentadas. No se trata de confrontar realidades, sino de entenderlas en su conjunto.

Las personas que hoy esperan en una cola no son ajenas al sistema. Forman parte de él. Participan en la economía, en la vida social y en el día a día de la ciudad.

Ignorar esta realidad no solo es injusto. Es también ineficaz.

Y a partir de aquí, las preguntas son inevitables:

¿Está preparada la administración para gestionar procesos de esta magnitud?

¿Se están utilizando todos los recursos disponibles?

¿Se está abordando la realidad desde una perspectiva integral?

¿Se está escuchando a los territorios donde estas situaciones se viven de forma más intensa?

Responder a estas preguntas no es una opción. Es una necesidad.

Porque lo que está en juego no es únicamente la organización de un procedimiento.

Lo que está en juego es el modelo de convivencia.

Si la respuesta es la improvisación, el resultado será la desafección.

Si la respuesta es la planificación y el respeto, el resultado será la cohesión.

La diferencia entre una y otra no es técnica.

Es una cuestión de responsabilidad.

Federación Aragonesa Consumidores y Usuarios FACU

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