Artículo del Periodico de Aragón del 18 de marzo de 2026 de Jesús Jimemez

ustamente al inicio del período de escolarización se abren ferias de la educación y se airean con gran profusión publicitaria listados de los mejores colegios. ¿Son «los mejores»? Posiblemente, algunos sean buenos colegios, incluso muy buenos, pero otros, no tanto, ni mucho menos. Estamos, ante todo, en una campaña de marketing para captar clientes, en un momento especialmente complejo por la incidencia de la baja natalidad en las matrículas escolares. Así que tal vez sea conveniente hacer un par de precisiones.

Primera, sobre las clasificaciones. Hacer un ranking en enseñanza es harto difícil. Ni siquiera entre universidades (Los rankings universitarios, mitos y realidad. V. Climent/ F. Michavila). Pongamos el más conocido: la Clasificación de Shanghai (ARWU). ¿Por qué no aparecen universidades españolas en los primeros puestos? Principalmente por la falta de premios Nobel y Medallas Fields y porque tienen un enfoque menos centrado en publicaciones de alto impacto (Sciencie, Nature) que las anglosajonas; sin embargo, nuestras universidades son tan buenas o mejores que otras extranjeras, no solo en docencia sino también en investigación. En los niveles no universitarios, con PISA, por poner otro ejemplo. ¿Realmente tienen más «calidad de enseñanza» los centros de comunidades autónomas que ocupan los primeros puestos o hay que considerar otras muchas más variables además de los resultados de las pruebas? (La inutilidad del informe PISA para las escuelas. J. Carabaña). De ahí que las evaluaciones (general, diagnóstico) que se realizan en nuestro sistema educativo no puedan emplearse «para establecer clasificaciones de centros», como se dice textualmente en la LOMLOE (art. 140.2).

Segunda, sobre la evaluación de centros. Hay mucha literatura pedagógica con diferentes paradigmas (escuelas eficaces, movimiento de mejora de las escuelas, etc.) y abundante normativa sobre organización de centros. Definir sus características ha sido una constante desde siempre. Evaluar su funcionamiento, no tanto. Desde el Ministerio de Educación se puso en marcha en los años noventa un estupendo plan de evaluación de centros (Plan EVA) que al poco tiempo se paralizó. Y poco más. Nunca estableciendo un ranking. Porque lo que realmente tiene incidencia en la mejora de los centros educativos de todos los niveles es su autoevaluación, la interna que cada año tienen que realizar en su Memoria Anual o las que externamente puedan realizarse sobre determinados aspectos de su funcionamiento.

En un brevísimo resumen de la teoría pedagógica y la realidad actual, se pueden marcar cinco pilares básicos sobre los que se asienta la calidad de un centro educativo. Uno, su Proyecto Educativo: valores, fines y prioridades de actuación, proyectos curriculares de etapa, documentos institucionales (RRI, PGA), plan de mejora, planes de convivencia, de atención a la diversidad, de orientación y acción tutorial, etc. Dos, el personal docente y no docente: plantillas suficientes, composición equilibrada de perfiles profesionales, estabilidad laboral, condiciones laborales dignas, liderazgo educativo, coordinación y trabajo en equipo, etc. Tres, la «cultura de centro»: metodologías docentes innovadoras y asumidas por todo el profesorado, uso habitual de tecnologías en la enseñanza, implantación de programas educativos, impulso de actividades complementarias y extraescolares, ambiente escolar respetuoso, colaboración con otros centros, etc. Cuatro, las instalaciones, espacios y medios: localización y habitabilidad del edificio, accesibilidad y seguridad, servicios (transporte, comedor, etc.), etc. Y cinco, la participación de la comunidad educativa: órganos de gobierno (claustro, consejo escolar), estilo de gestión y dirección, asociaciones (AMPA, de alumnado, etc.), tutorías, conexión con el entorno próximo, etc.

¿Tienen en cuenta estos aspectos las familias a la hora de elegir (quienes pueden) un colegio para sus hijos e hijas o se decantan más bien por la imagen externa (instalaciones, bilingüismo, tecnologías, etc.) y la extracción social mayoritaria de su alumnado?

Y un apunte final. Lo que caracteriza a un buen centro no es su capacidad de dar respuesta a las necesidades y proyectos vitales de su alumnado, sea el que sea. Todo centro educativo es una organización compleja, un sistema social abierto (loosely coupled) y, al mismo tiempo, una comunidad singular: un proyecto común. Esa puede ser la clave de un «buen colegio».