El año 2026 ha comenzado con una realidad insoportable: una mujer asesinada cada cinco días. Enero y febrero ya han superado el peor arranque que se recordaba, el de 2023, cuando se registraron ocho asesinatos en los primeros meses del año. Ahora son diez. Diez mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. Y seis de ellas habían denunciado.

Seis habían pedido ayuda.

Seis habían dado el paso más difícil.

Seis habían confiado en que el sistema podía protegerlas.

Cuando una mujer denuncia, no está rellenando un formulario: está rompiendo el miedo, desafiando el control, exponiéndose a represalias. Denunciar es un acto de valentía que muchas veces implica aislamiento, dependencia económica, presión familiar y una enorme carga emocional. Por eso, cuando después de denunciar se produce el asesinato, la pregunta no es incómoda: es obligatoria. ¿Qué falló? ¿Dónde se debilitó la protección? ¿Fue suficiente la evaluación del riesgo? ¿Funcionaron todos los mecanismos de coordinación institucional?

No se trata de buscar culpables simplistas. Se trata de asumir responsabilidades colectivas. Cada asesinato machista es un fracaso del agresor, por supuesto, pero también es un fracaso del sistema cuando no logra impedir lo evitable. Y es un fracaso social cuando seguimos tolerando conductas de control, celos normalizados, violencia psicológica disfrazada de amor.

Diez mujeres en dos meses no son estadísticas. Son historias truncadas. Son hijos e hijas que crecerán con una ausencia violenta. Son familias que cargarán con una herida permanente. Son entornos laborales, vecinales y sociales atravesados por la conmoción.

La violencia contra las mujeres no es un fenómeno episódico ni un problema privado. Es estructural. Se sostiene sobre desigualdades históricas y sobre una cultura que todavía, en demasiados espacios, trivializa el dominio masculino o cuestiona el testimonio de la víctima. Combatirla exige más que discursos: exige prevención real, educación en igualdad desde la infancia, recursos suficientes, protección efectiva y evaluación constante de los protocolos.

No podemos permitir que la frase “una mujer asesinada cada cinco días” se convierta en un eslogan repetido sin impacto. No es una consigna. Es una alerta roja.

Cada cinco días significa que, mientras seguimos con nuestra rutina, en algún lugar una mujer está perdiendo la vida por intentar vivir libre. Y eso no puede normalizarse. No puede relativizarse. No puede asumirse como inevitable.

No son cifras. Son vidas. Y mientras sigan cayendo, la tarea no estará cumplida.

8M. DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER. 8 marzo 2026